Le digo a la Maga que mi vida, si alcanzara la perfección -esa a la que toda vida humana, por derecho, aspira-, se parecería mucho a esta casa. Lo que ven aquí no le hace justicia pero, injusto como soy, sí retrata lo que más me gusta de ella: esos techos a doble agua con tejas como máquinas prehistóricas; esas ventanas derruídas; esa puerta azul descascarada y de madera que recuerda edades completas -casi novelas de Herman Melville-; esas paredes pesadas de adobe que, a pesar de que parecen destinadas a durar para siempre, demuestran a los pocos metros que tienden a la ruina (y que la ruina se parece mucho a esos remiendos de lámina que, desesperadamente, las apuntalan); y, sobre todo eso -no evoco un orden o una preferencia, sino una cualidad física comproblable-, ese árbol que le regala raíz y sombra y fruta para siempre.
Si eso no es a todo a lo que un ser humano cabal puede aspirar, si eso no es lo más alto que puede llegar alguien, si no es la más profunda de todas las posesiones, esa certeza (no el predio o la casa o el árbol o la barda o la lámina o las escrituras de “propiedad” de todo ello), no sé qué otra cosa podría ser.
Para mí, Maga, es perfecto.
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Lo que vos no sabés es que esa casa casa quisiera ser un poquito como vos….no te lo dice, pero lo susurra cada vez que pasas.