Su viscosidad elemental nos recuerda nuestra naturaleza de tierra y agua. Vacantes de cierta tendencia a la metamorfosis, parecen siempre a punto de estallar en algo más que en su demónica belleza. Demuestran que nada muere del todo y que no hay entierro que valga. Si no fueran tan complicados en su geometría, serían atribuíbles a la luna. No se encuentran en su poder documentos memorables; apenas cartas de navegación de rutas cavernarias y una inusual capacidad de discernir las profundidades de todo lo que vive. En ellos todo se expande: hablan de postales de viaje con un ejército de cadáveres.
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